(Texto actualizado el 01/05/2010). La damnificada realidad humana pos-terremoto ha logrado enviar una alerta al gobierno. La encuesta Adimark de abril presenta de improviso una información que ni la prensa ni los partidos políticos habían tratado: de que algo no está bien con la emergencia y con la reconstrucción. El mismo director de Adimark Roberto Méndez presenta ex post comentarios menos contrastados de su propia encuesta como si quisiera evitar la conclusión más obvia: que el gobierno falla en dar respuesta al desafío humanitario abierto por la catástrofe.
Por esas fallas el gobierno observa un aumento del rechazo y una disminución de la aprobación en la opinión pública. Por no estar a la altura del desafío, la oposición tampoco sale bien de esta evaluación. La precariedad de las acciones gubernamentales de emergencia y la ausencia de una clara visión opositora frente a la posibilidad de una crisis humanitaria hace aún más urgente redimensionar el desafío abierto por la catástrofe.
Factor común es una subvaloración de ésta y una débil imaginación reconstructiva. La dimensión habitacional de la emergencia parece tener por idea central las mediaguas – pequeñas casas de material liviano sin instalaciones sanitarias pensadas originalmente para reemplazar las modestísimas viviendas de los campamentos de las familias más pobres del país. La que debiera haber sido una noble solución complementaria pasó a ser la principal solución de techo.
Aún hay localidades donde cientos de familias viven en carpas o en viviendas muy precarias: para ellas la mediagua es la sola y necesaria solución para evitar a tiempo el barro, la humedad y la enfermedad. Los estudiantes voluntarios han sido reemplazados por personal del ejército – pero el concepto es el mismo.
Es difícil dar con una visión de lo que será el futuro para la población del litoral afectada por el terremoto y por el tsunami. El invierno – de mantenerse las actuales políticas – encontrará a miles de familias en vivienda mínimas. Muchas personas de todas las edades, pero sobre todo muchos niños, sobrevivirán el frío y las enfermedades en nuevos campamentos con pobres infraestructuras sanitarias.
¿Qué inhibe mejores respuestas gubernamentales y de la oposición, acciones a la altura del desafío y una visión de gran reconstrucción, de decididas políticas de protección de las familias y de la infancia golpeadas por la catástrofe?
El gobierno parece haber externalizado la iniciativa del Estado – como si tuviera prisa en desentenderse del tema para dedicar su atención a su programa de gobierno, como si la crisis humanitaria generada por el terremoto fuese una realidad posible de evadir o de desplazar a segundo lugar. Antes de lograr un claro concepto y plan de ejecución urbanístico, sanitario, de vivienda y productivo para las poblaciones afectadas por el desastre el presidente de la República ha decidido regresar a los postergados temas de su programa de gobierno. Una decisión objetable porque aún no resuelve el gran desafío de la emergencia humanitaria. A no ser que realmente crea que las generosas iniciativas privadas que han hecho posible las mediaguas y las escuelas modulares logren reemplazar la acción del Estado y que la primera emergencia esté resuelta y que el Fondo de Reconstrucción proveerá el resto.
El invierno puede traernos el riesgo de una prevenible crisis humanitaria y con ella reinstaurar una silenciosa emergencia en medio de la lluvia y del frío. Tal vez, la perspectiva metropolitana termine por hacer pasar la catástrofe a segundo plano por un tiempo pero aquellas familias damnificadas estarán allí para recordarnos el terremoto. El país puede encontrar allí, en la reconstrucción, una nueva identidad bicentenaria.
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